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A diario vienen a nuestro gabinete padres, madres y educadores, preocupados porque sus hijos tienen un mal comportamiento o un bajo rendimiento escolar. Otras veces les inquieta que sus hijos tengan miedos y se muestren excesivamente ansiosos e inseguros. 

Es frecuente atender a niños y niñas de primaria estresados, con miedo a los éxamenes o a suspender, y adolescentes que se sienten desorientados, que no saben decidir por sí mismos o no encuentran motivación para hacer nada. 

En muchas ocasiones encontramos que, detrás de estos problemas, hay una excesiva exigencia y control por parte de los educadores, sobre todo en lo que respecta al rendimiento académico. 

¿Estoy exigiéndole demasiado a mi hijo?

En general, los padres desean lo mejor para sus hijos, imaginan para ellos el mejor de los futuros y buscan que éstos se superen cada día.

Eso no es malo, el problema es cuando estos objetivos de mejora y perfeccionamiento, están por encima de otros valores más importantes, olvidando o dejando para un segundo plano cuestiones fundamentales como éstas:

¿Qué es lo que siente? ¿Es feliz?

¿Qué es lo que le interesa y motiva al niño o a la niña? 

¿Cuál es la realidad del niño o la niña, sus dificultades, sus estrategias, su ritmo de aprendizaje? 

¿Cómo es la relación entre el niño y sus padres? ¿Hay comunicación, afecto, complicidad? 

 

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Padres perfeccionistas y autoritarios

no-se-admiten-fallosSe caracterizan por expresiones (tanto verbales como no verbales) del tipo “Sé que puedes hacerlo mejor”, “Está bien, pero…”, “Es tu deber, es tu responsabilidad”, “Tienes que” “Haz hecho mal esto”, "No es suficiente", "Puedes dar más".

Son padres que muestran un elevado nivel de exigencia, expresado a través de abundante normativa y un excesivo control conductual, al tiempo que se restringen las recompensas y se multiplican las censuras, reproches y castigos.

No se admiten fallos, y siempre éstos se atribuyen a que el niño o la niña no se esfuerzan lo suficiente.

En lugar de felilitarles por lo ya conseguido remarcan lo que aún tienen pendiente, y siempre hay algo que podría estar mejor. Manifestando insatisfacción o crítica excesiva. 

Presionan a los hijos, especialmente en el ámbito académico, para que obtengan mayor rendimiento. Pero no sólo en lo académico, sino que también muestran una actitud crítica y controladora en el orden, las tareas de la casa, los horarios, el deporte… 

Los padres exigentes son también personas muy autocríticas y perfeccionistas con ellos mismos, lo que proyectan en sus hijos. Es por eso que, a veces, desean en ellos lo que no lograron en sí mismos, o trasladan a ellos los propios objetivos, necesidades, carencias, miedos

Muchos de los padres exigentes, tuvieron a su vez, padres autoritarios, por lo que la búsqueda de la perfección y de la excelencia se convierten en una filosofía familiar

Consecuencias 

La exigencia tiene una parte positiva, al principio pueden ser niños con un rendimiento óptimo, un comportamiento correcto y una gran responsabilidad. Pero cuando los resultados no sean tan buenos como lo que esperaban, cuando se encuentren obstáculos, o si hay algo que no puedan alcanzar, se frustrarán, se bloquearán o se rebelarán.

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Poca autonomía y dificultad para tomar decisiones. Son niños que están acostumbrados a obedecer y a responder a pautas y control externo. Por lo tanto cuando tienen que tomar decisiones por sí mismos, o enfrentarse a situaciones nuevas, se sienten inseguros, dudan y les cuesta confiar en su propio criterio. De acuerdo con esto, muestran falta de iniciativa y pasividad. No saben automotivarse porque no han desarrollado intereses propios. No son autónomos, sino obedientes.   

Inseguridad y baja autoestima. Lo más grave es el efecto en su autoestima y seguridad personal. Los niños criados en el perfeccionismo, sienten que nunca lo hacen bien, y buscan la aprobación externa. Si los padres exigen sin dar muestras de afecto, ni valorar lo positivo, los niños creerán que no se les quiere si no cumplen determinados objetivos. Eso les crea inseguridad y acaban siendo personas que tratan de demostrar constantemente lo que valen. La falta de reconocimiento a sus logros, y la ausencia de criterio y decisión propia, hace que terminen teniendo una mala imagen de sí mismos.

Baja tolerancia a la frustración ¡No se admiten fallos! Por lo tanto cuando encuentran objetivos inalcanzables o ven que se equivocan, se frustrarán. La no aceptación de sí mismos retroalimenta una actitud perfeccionista y de revisión constante que termina siendo obsesiva y que los llevas a una insatisfacción constante. En muchos casos, esta insatisfacción da lugar a un estado depresivo y/o apático.

Poca creatividad y espontaneidad. La excesiva dependencia a la opinión y aceptación ajena, sumado con un miedo al error y al fracaso, hacen que la parte creativa y espontánea de los niños se vea anulada.

Estrés y Ansiedad.  El estrés generado por la sobrecarga que supone superarse continuamente sin permitirse demasiadas satisfacciones, los pueden llevar a situaciones límites que comprometen sus necesidades más básicas de descansar y dormir. Cuando se enfrentan a situaciones de evaluación o situaciones nuevas, la ansiedad se eleva más de lo normal, la tensión interna y la autoexigencia se dispara en estas situaciones.

Agresividad. Son niños que están sometidos a mucha presión, tanto interna como externa, y que reprimen sus deseos y sentimientos porque viven pendientes de las obligaciones, de “lo que hay que hacer”. Esto les lleva muchas veces a explotar con conductas agresivas y a rebelarse contra las normas.

Bajo rendimiento. Cuando se exige demasiado se causa estrés en los niños y, al llegar a la adolescencia y a los cursos más difíciles de bachillerato o de la universidad, muchos de estos niños se saturan y bajan su rendimiento, a la vez que pueden mostrar trastornos de conducta. En el peor de los casos dejan de estudiar porque están hartos, cansados y se rebelan.

Exigencia positiva

refuerzo-positivo_0Lo contrario a la exigencia no es el pasotismo o el permisivismo. El nivel de exigencia puede ser alto, pero si va acompañado de afecto incondicional, valoración y buena comunicación.  

-Antes que las metas está la persona, con sus fortalezas, debilidades, motivaciones e intereses. 

-La clave es que los hijos se sientan apoyados, valorados, y no sólo exigidos. 

-Generar un clima positivo es fundamental. Pasarlo bien juntos, conversar, reírse, hablar de emociones y disfrutar del ocio en común, para que la relación familiar tenga otras oportunidades que no sea hablar de las notas o de quien dejo tirada la ropa. Si no, el clima familiar se vuelve negativo. 

- Es preferible renunciar a 100 y quedarse con 50, en las expectativas que los padres buscan del comportamiento de sus hijos. El malestar y el enfado de los padres pueden debilitar la complicidad con los hijos, y ésta es la que permite una influencia más duradera, aunque los resultados no sean tan contundentes.

-El hijo o la hija están impulsados a ser ellos mismos, a desarrollar su identidad y su proyecto, aunque sea incipiente y equivocado. Por eso, desde el momento en que perciban que sus padres los están controlando, manejando o ahogando, tenderán a reaccionar en oposición, por lo que la influencia de los padres se verá reducida.

-Autonomía. En lugar de controlar todo lo que hacen los hijos y cómo lo hacen, hay que darles autonomía, dejarles que tomen decisiones, que desarrollen intereses propios, para que aprendan a tener automotivación y sepan tolerar la frustración.

-Hablar de los fracasos tanto como de los éxitos, recompensando a los niños cuando intentan aprender de los errores y eliminando el estigma de las decepciones. La imperfección genera crecimiento, alivio y niños maravillosamente imperfectos. Corregir sí, pero partiendo de lo positivo y viendo lo esencial, frente al detalle y la minucia. 

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En Psicomold Psicólogos ofrecemos asesoramiento y talleres para padres, madres y profesores. Así como terapia y orientación a niños y adolescentes. 

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